El año del HASTACA

Desde el surgimiento del hombre, nuestra generación es la única que protagonizó en tiempo real un quiebre de la historia. Y además tomando plena conciencia de ello.

Tanto el Cristianismo, como la Revolución Francesa o la Revolución industrial tienen fechas de nacimiento. Pero lo cierto es que esos ejemplos fueron procesos que duraron decenas o centenas de años.

Por el contrario la Pandemia determinó un antes y un después en el brevísimo período de un año.


Fuimos testigos de un quiebre instantáneo en la historia del hombre, que más allá de las enormes consecuencias negativas también podría determinar un “despertar”.

Es que la pandemia le notificó nítida y crudamente al ser humano aquello que éste se negó a entender durante toda su existencia: que es una especie peligrosa para el planeta y para sí misma.

Recordemos que el Homo Sapiens debutó liquidando al resto de los “Homos” que habitaban la Tierra. Para continuar luego un camino devastador que resulta hoy en la extinción masiva de las especies, sumada a la contaminación ambiental que pone en jacke su propia sobrevivencia.

El coronavirus no nos golpeó como la peste negra, que aniquiló a una gran parte de la población de esa época. No obstante su mérito estuvo en “interpelar nuestro poderío”.

Ese poderío autodestructivo que llevó a que en el término de días un hombre en una remota ciudad China haya esparcido una enfermedad por todo el planeta Tierra.

Merced a ese hecho fugaz, el 2020 amaneció para el hombre con soledad, miedo, terror, muerte y colapso económico.

Yo no creo en Dios, pero si lo hiciese tendría la certeza de que el Coronavirus fue un cartel de PARE que sutilmente el Creador regaló a una humanidad que avanza pronta a estrellarse contra la pared.

En los últimos cien años la población humana sobre la tierra se multiplicó por cinco.

La depredación de los recursos del planeta llegó a un punto límite que sólo puede revertirse a través de un cambio drástico que debe pasar por contener la explosión demográfica como principal medida.

Y esa contención se puede hacer de dos maneras: en forma de guerras o generando mejores condiciones de vida.

Japón puso fin a su enorme crecimiento poblacional cuando mejoró notablemente el nivel de vida de sus ciudadanos.

Eso demuestra que el nivel de vida digno disminuye la tasa de natalidad, mientras que la pobreza indigna nos incita a tener más y más hijos, quizás como una básica esperanza de que ellos logren lo que a nosotros se nos negó.

Hoy la humanidad está entendiendo ésta ecuación, y el mundo se orienta a reducir la pobreza y la desigualdad. Ya no como una medida de justicia, sino de supervivencia.

La antítesis es la República Argentina, quizás el único país que deliberadamente busca la pobreza.


Sus gobernantes, indiscutiblemente corruptos y patéticos, ya ni siquiera ocultan sus intenciones de controlar a la sociedad a través del pobrismo. Y en una actitud inexplicable los argentinos los siguen empoderando.

Sin embargo hay algo agradable en éste panorama sombrío.

El 2020 se va, y si todo año que empieza genera una esperanza, las expectativas con éste 2021 son titánicas.

Una humanidad comprometida a liquidar la pobreza, porque en eso nos va la existencia.

Una Argentina que supere a sus gobernantes. Si no lo pudo hacer como sociedad, por lo menos que lo haga como especie.

Quizás el año que alumbra sea por fin, el año del HASTACA.


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