Hastaca el mundo que conocimos.

Hace poco se me ocurrió preguntarle a un niño si veía el mundo futuro como un lugar mejor o peor. Me contestó sin dudarlo y como afirmando una obviedad: PEOR.



Décadas atrás veíamos el futuro como un algo deseado, una realidad más cómoda, bella y disfrutable. En los últimos tiempos esa esperanza se transformó en incertidumbre, sobre todo cuando fuimos tomando conciencia del daño que el hombre estaba causando al planeta.

Hoy, la incertidumbre mutó a certeza: el mundo no será un lugar mejor, por lo menos no para toda la humanidad o no en el corto plazo.


¿Cuales fueron las razones que transformaron la esperanza en pesimismo? Varias, pero la principal es la sensación de descontrol, de sentir que vamos en un auto a cada vez más velocidad y no tenemos los frenos necesarios.


Somos cada vez más personas consumiendo recursos que son cada vez menores.

Hasta hace poco tiempo descansábamos en la idea de que no importaba lo que la humanidad hiciera en el planeta, porque había un ente superior que todo lo gobernaba, lo controlaba y lo cuidaba.

Ahora sabemos que eso no es verdad.

Desde el surgimiento del ser humano la creencia en un Dios común fue el chispazo intelectual que lo diferenció del resto de los animales, y que permitió al Homo Sapiens recorrer un fantástico viaje hasta transformarse en lo que es en la actualidad.

Hoy Dios ha muerto, como nos advirtió Nietzsche. La ciencia le firmó la defunción a las religiones teístas, desnudando sus certezas más profundas: qué somos, de dónde venimos, adonde estamos.

¿Qué somos? Un producto más de nuestro planeta, como el agua, la tierra y el resto de la vida.

Como nos explica el pensador Yuval Harari, los datos nos demostraron que toda la materia existente está regida por algoritmos que la determinan a comportarse de tal o cual manera, y el ser humano no escapa a esa lógica.

Conocer esos algoritmos implicaría controlar el mundo, y con ello transformar al Homo Sapiens en Homo Deus. Pero para ello falta tiempo, tiempo que no nos sobra.

Contrariamente a lo que afirmaban las religiones, no estamos en un lugar de paso donde podemos hacer y deshacer sin consecuencias... Estamos en un planeta que puede ser destruido, y que de hecho ya fue destruido y reconstruido varias veces.

¿Podremos frenar esta nueva destrucción del planeta? Claramente no.

El ser humano avanzó como un río caudaloso sobre un valle fértil, ocupando y apoderándose de cada espacio disponible. Y eso quizás sea viable para el ser humano, pero claramente no lo es para nuestra concepción de “planeta tierra”.


¿Eso es bueno o es malo?


Gran pregunta. El fin de la religión nos dejó huérfanos de éste tipo de respuestas. Podríamos decir que es bueno o malo según la propia conveniencia del ser humano, y aún así dejaríamos abierta la puerta para miles de interpretaciones diferentes.

Sin embargo, determinar qué va a ser lo bueno y lo malo en el futuro inmediato es una necesidad vital para la humanidad.

La superpoblación puede ser tan inmoral como el incendio de humedales, o el exterminio de animales.


Es momento de repensar los valores y adecuarlos a la actualidad, pero de manera rápida, como un ejercicio ágil. Recordemos que las “nuevas normalidades” en el siglo 21 duran lo que un suspiro, y como muestra tenemos la pandemia por Coronavirus.

 

Creando una nueva estructura moral la humanidad no sólo podrá sobrellevar la pérdida del planeta que conocimos, quizás hasta pueda crear una nueva realidad mucho mejor que la que recibimos de la naturaleza.

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