PELIGRO: La violencia está entre nosotros


La noche pasada el clima permitió a los niños de mi barrio jugar de noche, y sus gritos contrastaban con el silencio general.


Así, pude escucharlos perfectamente hablando en modo “sin adultos a la vista”.


Realmente es escalofriante. Los insultos y el lenguaje agresivo y vulgar ocupan casi la totalidad de sus interacciones. Y ésta es la punta de ovillo de un drama del que pocos hablan y menos se hacen cargo: la violencia intrafamiliar.


Los insultos en boca de niños tienen una costante: el modo de interactuar de sus padres. Las “malas palabras” se aprenden en casa porque se escuchan, e incluso muchas veces los chicos mismos son receptores de los agravios.

La forma en que las familias se están tratando en la ciudad de Rosario es un hecho grave, que explica (entre otras causas) el espiral de violencia que nos azota hace una década.

La “violencia intrafamiliar” se define como el abuso de un miembro de la familia sobre otro, en forma repetitiva. Insultar, maltratar verbalmente, o incluso simplemente decir obsenidades delante de una persona, implican una falta de respeto hacia ella. Son claros casos de violencia que el receptor luego trasladará a otras personas.


Podemos negar éstas situaciones argumentando un hablar “cariñoso”, “en broma”, etc. Pero las consecuencias van a seguir ahí...


Si un padre se dirige a su hijo diciéndole “pelotudo”, “boludo” o cualquier otro insulto, lo está denigrando. Las palabras denigrantes, denigran. Y una persona que vive éste tipo de situaciones en primer lugar sufre un deterioro en su autoestima, y en segundo lugar repite la conducta hacia otras personas. Es como un virus.


Muchas personas consideran a los insultos y el hablar grosero como códigos de “complicidad” o “confianza”. Pero es un error; en realidad se trata de un modo de relacionarse nocivo que produce un daño tanto al que insulta como al insultado, por más graciosa que parezca la escena.


Y todo ésto se agrava en el caso de los niños, que necesitan que sus padres les demuestren amor y confianza.


Los jóvenes trasladan esa modalidad de trato a sus relaciones, y así el virus de la violencia se va esparciendo en nuestra sociedad. El insulto se escapa rápido, y el paso siguiente es la agresión física.

Y el Estado, como siempre en la Argentina, está ausente. De hecho, le tira leña al fuego.


Hace unos meses en el Concejo deliberante un concejal le dijo a otro que era una “rata”, y tiempo después llamó a “prender fuego al Concejo”. El mismo concejal se prendió en una discusión con otro que lo invitó a “boxear”.


En anteriores posteos de éste blog hicimos referencia a Antaras Mockus, el alcalde que sacó a Bogotá de la situación de violencia que vivía en los años 90 y la transformó en una ciudad pacífica, moderna y próspera.


La primera consigna de Mockus fue que la violencia era una enfermedad, y que el remedio para curarla era la educación ciudadana. En ello se centró su gobierno, en educar a la gente en términos de convivencia y civilidad.


Y una parte importante de su plan se basó en el combate a la violencia intrafamiliar, entendiéndola como el inicio de una cadena de maltratos que finalizaban en una ciudad con récord de homicidios. Una ciudad como Rosario.


Es hora de tomar consciencia y cambiar. Por eso desde mi agrupación Ágora, presentamos un proyecto en el Concejo Municipal de Rosario para que todos los concejales tomen un curso de capacitación democrática antes de asumir sus cargos.

Ellos están representando a una sociedad con problemas que debe sanar, y por lo tanto deben ser los primeros en dar el ejemplo y comportarse como ciudadanos, no como miembros de una patota.


También estamos preparando un proyecto para atender problemas de violencia intrafamiliar, que hoy sólo se abarcan desde la problemática del género en nuestra ciudad.


Hay mucho para hacer en ésta materia, pero lo importante es tomar consciencia y que cada uno de nosotros se comprometa a tener mejores relaciones con su familia y con las personas que lo rodean.

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